lunes, 5 de mayo de 2014

Muy Pronto, un Satélite para Conocernos Mejor

Desde hace un buen número de años el Perú evaluaba adquirir un satélite, pero recién el 2011 tomó la decisión de hacerlo.



Y luego de estudiar diversas opciones (de Francia, Israel, España y Reino Unido) en los últimos meses definió al proveedor, con el cual acaba de firmar hace pocos días el respectivo contrato de compra. Se trata de Francia, mediante una operación de gobierno a gobierno que implicará un desembolso de aproximadamente US$ 200 millones.

El fabricante será Airbus Defence & Space, brazo aeroespacial del gigante europeo Airbus y resultante de la fusión de las empresas Cassidian, Airbus Military y Astrium. Esta última, originaria de Francia, y la tercera más grande del mundo en tecnología espacial, fue la que negoció el contrato con el Perú, y la que tendrá el protagonismo en la operación.

Cabe aclarar que el monto señalado no corresponde únicamente al satélite, sino a lo que se denomina sistema satelital, y que incluye todos los costos asociados a él: la puesta en órbita (que se hará mediante un cohete Ariane 5, a ser lanzado desde la base de la Agencia Espacial Europea en Kourou, en la Guyana Francesa), el pago del seguro (para prevenir un posible fracaso en el lanzamiento), la estación terrena de control y la capacitación del personal que la operará. Dicha estación estará ubicada en Punta Lobos (Pucusana), y desde ella se programará el artefacto, para que capte las imágenes requeridas, que el mismo día serán recibidas allí de manera encriptada, para luego ser procesadas.

El aparato, un minisatélite Astrosat-300, no será de comunicaciones, por lo que tampoco tendrá una órbita geoestacionaria que lo mantenga permanentemente fijado a 36 mil kilómetros de altura sobre un determinado punto de la Tierra. Será más bien de observación, razón por la cual, como casi todos los de su tipo, tendrá una órbita polar, a 600 kilómetros de altura, pasando sobre ambos polos del planeta, y sobrevolando todos los días el territorio nacional, escudriñándolo de sur a norte o viceversa (tal como se ejemplifica en el video que sigue) y fotografiándolo por completo 3.5 veces al año.



Pertenecerá a la misma línea del que Chile puso en órbita a fines del 2011 (un Astrosat-100, que a la fecha es el más avanzado de América Latina), pero será bastante más moderno, al punto que por sus características y prestaciones no tendrá competidores en la región.

En su construcción se empleará carburo de silicio, un compuesto de gran dureza, muy resistente a las extremadamente cambiantes temperaturas del espacio y además muy ligero (lo que permitirá que pese la tercera parte de otros de su tamaño).

Su capacidad de observación será submétrica, lo que significa que, gracias a la potencia y alta resolución de su cámara, podrá fotografiar con nitidez objetos de tamaño menor a un metro, en este caso de 70 centímetros. Es decir, tendrá una mayor potencia que el satélite chileno, que (como se constata en el video que sigue) puede captar imágenes a partir de 1.45 metros. La desventaja de esa alta resolución es que implica una menor área de "barrido" u observación de imágenes (14.5 kilómetros). Su peso será de 400 kilogramos.

El satélite de nuestro vecino del sur debió lanzarse en febrero del 2010, pero por problemas con el cohete impulsor ello sólo fue posible en diciembre del 2011, un mes después de lo cual envió sus primeras imágenes. Pesa 117 kilos, tiene un tiempo de vida útil estimado de cinco años, y sobrevuela el país cada tres días. Su cámara, de cuyo nivel de resolución ya tratamos en el párrafo anterior, puede captar hasta 100 imágenes diarias. Su adquisición, que supuso un desembolso de US$ 70 millones, incluyó el entrenamiento de 19 profesionales chilenos en Francia y luego el de 45 en Chile. Además, 10 técnicos sureños participaron en el proceso de construcción.

La amplia diferencia de pesos entre un satélite y el otro se explica especialmente por la mayor carga de combustible del nuestro, pero también por sus paneles y baterías solares (más grandes y de mayor capacidad) y por otros equipos, como el que permitirá redundancia en las comunicaciones (posibilidad de emplear un sistema alterno en caso de fallar el principal), algo de lo que carece el aparato chileno. Ese importante stock de combustible (hidracina) le dotará de un tiempo de vida mucho más prolongado, de por lo menos diez años, y mayor capacidad para retomar su órbita en caso de ser necesario.


Así anunciaba Chile las bondades de su satélite, lanzado a fines del año 2011.

Los usos del aparato serán múltiples: a la vez que permitirá elaborar una muy precisa cartografía del territorio nacional, hará posible resguardar mejor nuestras fronteras, detectar variaciones climáticas que puedan afectar campos de cultivo o dar lugar a plagas, plantaciones ilegales de coca, contrabando fronterizo, desplazamientos de terroristas y narcotraficantes, poblaciones vulnerables en caso de desastres naturales, monumentos arqueológicos en riesgo, tala ilegal de bosques, contaminación por parte de la minería ilegal, incendios forestales, pesca ilegal, desglaciación de nevados, interrupciones de la red vial, niveles de los lagos y represas, movimientos de cardúmenes en el mar, etc.

Aunque nuestro país ya emplea información satelital para estos menesteres, lo hace recurriendo a empresas externas especializadas en la materia, a un alto costo, con limitaciones y sin la inmediatez requerida. Con un satélite propio, operado directamente por la Comisión Nacional de Investigación y Desarrollo Aeroespacial (CONIDA), se obviará dichos inconvenientes, al tenerse información en tiempo real, a un bajo costo y en todos los rubros de interés.

En los dos años que tomará construir el satélite (a la medida de los requerimientos peruanos) y ponerlo en órbita, el proveedor pondrá a disposición de nuestro país, gracias a su propia flota satelital y como parte de la oferta, los datos e imágenes que éste requiera, como si ya contara con uno. En ese lapso de tiempo, ingenieros peruanos estarán en Francia tomando nota del avance del proyecto y capacitándose en lo concerniente a su operación.

Si bien al parecer ello no constituirá el grado de transferencia tecnológica deseable, sí implicará una importante adquisición de conocimientos, y permitirá disponer de toda una flamante promoción de profesionales y técnicos aptos para un futuro desarrollo nacional en la materia. Además, la institucionalización y consolidación de la actividad en el país (porque muy probablemente al satélite en referencia le seguirá por lo menos uno más a mediano plazo) podría incentivar el retorno de excelentes profesionales peruanos que laboran en esta área en el extranjero y que, con las auspiciosas perspectivas que se presentarían, no dudarían en regresar.

Con lo dicho, además, el Perú dará un paso importante en un campo en el que se hallaba considerablemente rezagado, como lo demuestra el hecho de que la gran mayoría de los principales países latinoamericanos ya cuenta con uno o varios satélires. Inclusive Bolivia se nos adelantó en esta carrera tecnológica, pues en diciembre del año pasado puso en órbita el suyo. Felizmente, con las perspectivas que se abren a partir de esta inteligente decisión, nuestro país comenzará a recuperar terreno y ponerse al día en tan vital actividad.

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