martes, 24 de abril de 2018

Desaceleración pasó la Factura: Creció la Pobreza

Una vez más quedó demostrado que el crecimiento económico elevado y sostenido es el factor más importante para reducir la pobreza.

Nuestro país lo tuvo en la mayor parte de este siglo, y eso se reflejó nítidamente en este último indicador, que disminuyó de manera considerable, desde 54.8% en el año 2001 a 20.7% en el 2016.

Lamentablemente, en tres de los últimos cuatro años, por diversos motivos (desde la baja de los precios y montos de nuestras principales exportaciones, el abundante ruido político derivado de casos de corrupción que han afectado la gobernabilidad, los destructivos efectos de la naturaleza, la caída de la inversión privada, etc), la economía se desaceleró en forma notoria, habiendo registrado magras tasas de avance, de apenas 2.4% en el 2014, 3.3% en el 2015 y 2.5% en el 2017.

Debido a esa insuficiente expansión, que no permite mejorar adecuadamente el empleo ni los ingresos, y también de ineficiencias en la inversión pública y el gasto social (en los niveles nacional, regional y local), la tasa de pobreza monetaria ha aumentado un punto porcentual entre los años 2016 y 2017, de 20.7% a 21.7%, en la que constituye la noticia más decepcionante en lo que va del siglo acerca de uno de los indicadores fundamentales en nuestro proceso de desarrollo.

El informe técnico Evolución de la Pobreza Monetaria 2007-2017, que se basa en la más reciente Encuesta Nacional de Hogares, y que acaba de ser publicado por el INEI, revela que 375 mil peruanos, aquellos que recién habían dejado la pobreza pero que aún se hallaban en situación de vulnerabilidad, no pudieron mantener su situación y han vuelto a esta.

La medición monetaria de la pobreza es aquella que utiliza el gasto como indicador de bienestar. Dicho gasto está compuesto por las compras, el autoconsumo, el autosuministro, los pagos en especies, las transferencias de otros hogares y las donaciones públicas.

Según este método, una persona es pobre cuando su nivel de gasto mensual es insuficiente para adquirir una canasta básica de alimentos y no alimentos (vivienda, vestido, educación, salud, transporte, etc.). Y es pobre extrema si sus gastos están por debajo del costo de la canasta básica de alimentos. Para el primer caso, el costo de la canasta es de S/ 338 mensuales y para el segundo de S/ 183.

Entre el 2016 y el 2017, la pobreza urbana aumentó de 13.9% a 15.1%, y la rural de 43.8% a 44.4%. En la costa urbana lo hizo de 13.7% a 15.0% y en la selva urbana de 19.6% a 20.5%, pero en la sierra urbana disminuyó de 16.9% a 16.3%  En la costa rural disminuyó de 28.9% a 24.6%, pero en la sierra rural aumentó de 47.8% a 48.7% y en la selva rural de 39.3% a 41.4%. En Lima Metropolitana aumentó de 11.0% a 13.3%.

El departamento más afectado es Cajamarca, con una tasa de entre 43.1% y 52.0%.

La pobreza extrema no aumentó, pero tampoco disminuyó (como era deseable, tratándose de la situación más grave). Así, continúa afectando al 3.8% de la población. En el área urbana aumentó de 0.9% a 1.2%, pero en la rural disminuyó de 13.2% a 12.8%. En la sierra rural se mantuvo en 14.9%, en la selva rural bajó de 12.0% a 11.1%, y en la costa rural de 6.0% a 3.4%. En la costa urbana aumentó de 0.3% a 0.8% y en la selva urbana de 3.0% a 3.1%, en tanto que en la sierra urbana disminuyó de 2.2% a 1.7%. En Lima Metropolitana, por su parte, se incrementó de 0.2% a 0.7%.

La mayor incidencia de la pobreza extrema se registra en el departamento de Cajamarca, con una tasa de entre 13.5% y 20.5%, que duplica a la de los departamentos que le siguen (Amazonas, Huancavelica, Loreto y Puno).

Felizmente, el incremento de este importantísimo indicador no es demasiado significativo, por lo que puede ser revertido en el corto plazo, pero no deja de ser una gran llamada de atención para la clase política, para que maneje con eficiencia los siempre escasos recursos públicos (destinándolos con la máxima prioridad a los sectores más urgidos) y para que no equivoque las políticas, estrategias y planes de desarrollo, ni genere ruidos políticos ni señales ambiguas o inquietantes que afecten la inversión privada y el consumo, consciente de que el crecimiento ininterrumpido y elevado es, como ya se demostró clarísimamente en los años anteriores a la desaceleración, la mejor arma contra el flagelo.

Foto: Andina

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